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domingo, 7 de febrero de 2016

El país de los absolutos, los buenos somos lo malos y la evasión como argumento

¿Cuándo nos volvimos un país del todo, nada, siempre y nunca? ¿Qué fue lo que pasó para que seamos el país de los criterios absolutos, en donde matizar es mal visto, en donde no se reconocen los grises de la realidad, en donde todo es negro y nada es blanco?.

¿Cómo es que ahora TODOS los políticos son corruptos, TODOS los funcionarios públicos negligentes y privilegiados, TODOS los jugadores de futbol son malísimos, TODOS los servicios públicos apestan? ¿A partir de cual momento NADA sirve? ¿Por qué de pronto NADA es posible? “No hay NADA que hacer”, oye uno decir a la gente frecuentemente. Vamos a votar arrastrando los pies –si vamos-, porque estamos convencidos que NADA va a cambiar.

Porque, claro, SIEMPRE pasa lo mismo. SIEMPRE llegan al poder quienes solo quieren robar (llegan de manera espontánea, nunca con nuestros votos). Y por eso NUNCA hacen nada, y NUNCA mejoraremos la situación. Vamos irremediablemente al barranco, si no es que estamos ahí.

Este es, al decir de algunos “un país en ruinas”, en el que, como escribió Carlos Cortés en su novela, “no pasa nada desde el Big Bang”. Y cuando alguien intenta demostrar que ALGO (palabra desterrada del vocabulario político contemporáneo), se ha hecho, la percepción tiene mas valor que los datos, la opinión y el prejuicio mas peso que la estadística. “Usted puede darme todos los datos que quiera, pero la percepción de la “gente” (esa categoría indeterminada que utilizan algunos para contrarrestar las cifras) es completamente otra”, argumentan los heraldos del apocalipsis.

Ciertamente los políticos –me incluyo-, tenemos responsabilidad en este estado de ánimo. Pero no solo son los políticos. Otros actores han contribuido. Comenzó cuando la preocupación de la ética en la función pública dejó de ser una aspiración bien intencionada, y se convirtió en una cacería de brujas que aun no termina. Cuando los linchamientos mediáticos de los reportajes periodísticos sesgados y mal fundamentados, se comenzaron a ver como buen periodismo. Cuando lo políticamente correcto es ser pesimista, criticón y choteador.

Tenemos que saber que si seguimos por este camino, terminaremos siendo lo que decimos que somos.

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En línea con las reflexiones anteriores,  una lógica muy particular se ha apoderado de la valoración de ciertos hechos políticos en Costa Rica. Uno de estos es el abstencionismo, que por una curiosa inversión de valores, es ahora presentado como una manifestación de alto civismo.

Prevalece un discurso anti-político en nuestro país. Hay sin duda responsabilidad de los políticos –aunque no son los únicos-, no solo por el tema de corrupción, sino además por la dificultad creciente para concretar sus promesas electorales, tanto por negligencia, como por un ordenamiento jurídico asfixiante. Pero lo cierto es que la política ha terminado siendo vista como una actividad éticamente cuestionable, en donde prevalece el interés personal, y el interés común es secundario a oscuros designios de corrupción individual.

Quienes votamos entonces no somos buenos ciudadanos, sino cómplices. Somos personas que, en el mejor de los casos, ejercemos un derecho inútil llevado por el peso de la tradición partidaria, o deslumbrados por propaganda sin contenido. En ese contexto, el abstencionista no es una persona que rehúye sus obligaciones con la comunidad, sino un ciudadano pensante, inteligente, que no se deja embaucar por la política y, sobre todo, por los políticos.

Esta visión tiene implicaciones muy negativas.  Ciertamente la no participación es una forma de participación, pero cuando cualquier actividad relacionada con intereses que van más allá de lo personal, es vista como una actividad “política” y, por lo tanto, indigna o irremediablemente corrupta, se erige un obstáculo formidable para que la ciudadanía se integre a la acción comunal, que es uno de los pilares importante del desarrollo de cualquier país.

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El Ministerio de Hacienda anuncia que la evasión y la elusión representan mas del 8% del PIB. Lo hizo de una manera que parece, en el mejor de los casos, imprudente, dado que apenas inicia el debate sobre la reforma fiscal. A partir de ahora, el argumento de “no es necesario aumentar impuestos, con solo controlar la evasión y la elusión sería suficiente para controlar el déficit”, es uno que vamos a escuchar frecuentemente en el debate fiscal.

El tema no es tan sencillo, pero el daño ya está hecho. Combatir la evasión no es fácil, y en algunos casos requiere de tantos recursos que no es rentable hacerlo. Y la elusión posiblemente requiera de reformas legales complejas, en una Asamblea Legislativa en donde estos temas son objeto de interminables discusiones, y en donde habrá grupos que sin duda harán todo lo posible para entrabar aun mas un debate de esta naturaleza.

No significa que no hagamos nada, pero hay una situación urgente ante la que se debe actuar. Hay que eliminar portillos y endurecer controles, pero utilizar este tema para oponerse al aumento de impuestos es incorrecto. Por mas que el Ministerio de Hacienda les haya hecho el favor de presentar esta noticia tan chapuceramente.

1 comentario:

Enrique Pacheco dijo...

Totalmente de acuerdo, faltó mencionar como parte del problema a las "redes sociales" donde con la mayor ligereza los ciudadanos decidimos afirmar cono cierto cosas que tal vez no lo son, insultamos, compartimos juzgamos y crucificamos. Las redes sociales le quitaron parte del poder a los jueces y los periodistas y no estoy tan seguro de que nosotros estemos preparados para utilizar ese poder en forma responsable. Cambiamos de época y aún no estamos preparados para asumir ese cambio.