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miércoles, 5 de abril de 2017

Mitología electoral

¿En qué consiste hacer un análisis político? Desde mi perspectiva, debería ser una valoración de condiciones objetivas respecto a un hecho político, a partir de la cual se emite una opinión, la que claro está y por definición, siempre será subjetiva. Es común que ante unos mismos datos, la conclusión de dos observadores sea diferente: influyen sus pre concepciones, preferencias y marco ideológico, entendido como una visión de mundo particular que se utiliza para interpretar la realidad.

El problema con el análisis se da cuando las premisas no son ciertas. Como le digo semestre a semestre a mis alumnos, uno puede decir que como el sol sale al este, los países asiáticos son mas desarrollados porque se levantan antes que nosotros. Por supuesto que la conclusión es disputable -por no decir descabellada-, pero la premisa es correcta, porque efectivamente el sol sale al este. Diferente sería que que se inicie un razonamiento diciendo que el sol sale por el oeste: la conclusión, por mas lógica que parezca, no podrá nunca ser correcta.

En esta misma dirección, en la pasada convención del PLN encontré algunos analistas acudiendo a lo que yo llamaría mitología electoral para fundamentar sus opiniones. Uno de estos mitos fue el de sostener que la victoria de José María Figueres era inevitable porque "contaba con el apoyo de la dirigencia del partido". Nada mas alejado a la realidad. Lo cierto es que Antonio Alvarez Desanti contaba con el apoyo de la mayoría de los diputados y alcaldes liberacionistas, y su tendencia fue la que inscribió más papeletas distritales y mas fiscales de mesa. Estos hechos eran evidentes y fácilmente comprobables, pero algunos prefirieron reproducir el mito antes de comprobar si era cierto.

El segundo mito fue creer que porque el expresidente había iniciado su campaña desde hacía dos años llevaba una ventaja, en tanto la campaña de Alvarez Desanti inició su trabajo apenas 4 meses antes de la fecha de la convención. Se creyó  que esos dos años lograban acumular apoyos que no podían ser alcanzados en cuatro meses, cuando lo cierto es que no varió ni un ápice la opinión negativa que cerca de  un 70% de la ciudadanía expresaba de Figueres. A esa realidad inconmovible, dos años de campaña no la pudo cambiar y resultó un techo electoral insuperable. Y así lo reflejaron las encuestas en todo momento. 

El tercer mito era, paradójicamente, el de la transferencia del mito. Como lo dijera Alvarez Desanti en alguna entrevista refiriéndose a don Pepe, todos los liberacionistas somos figueristas. Pero está claro que la gente supo hacer la diferencia entre Figueres Ferrer y Figueres Olsen, pues hacia el final del proceso casi un 50% de los liberacionistas manifestaba una opinión negativa de José María. No existía ninguna evidencia que la ciudadanía verdiblanca fuera a trasladar de manera automática su admiración de un Figueres hacia el otro, pero igual se utilizó esta presunción como pilar de un análisis a todas luces poco riguroso.

El cuarto mito, utilizado por "expertos en redes sociales" que aparentemente quieren ser analistas políticos, es el de las interacciones, entendidas como las reacciones que genera una entrada en redes sociales. Para esta gente, el que Figueres tuviera mas interacciones que Alvarez Desanti era un signo inequívoco de que ganaría la convención. Pero esos mismos "expertos" ignoraban, asumo que deliberadamente, el carácter de esas interacciones. Es cierto, por ejemplo, que Alvarez Desanti suscitaba menos comentarios en su publicaciones de Facebook, pero la mayoría eran positivos; caso contario era el de Figueres. Al final, tener 500 comentarios con 350 positivos resultó mejor que tener 1000 comentarios con 900 negativos.

Este es el tipo de cosas que a las que hay que ponerle atención cuando se escucha o lee un análisis político. Porque si las premisas son incorrectas o parciales, el análisis de debilita y el analista es cuestionado, porque la utilización de hechos no probados o producto de una reflexión sesgada e insuficiente, refleja desidia y falta de rigor, o, simplemente, una preferencia oculta que inclina el análisis en una dirección específica. Y que cada palo aguante su vela.

Twitter: @robertogallardo
Facebook: https://www.facebook.com/roberto.j.gallardo.n/


domingo, 22 de enero de 2017

El dilema del PLN

El próximo 2 de abril el Partido Liberación Nacional tiene una oportunidad de oro para demostrarle a la ciudadanía que escuchó con claridad el mensaje que esta le mandó en abril del 2014. Fue un mensaje contundente, inequívoco, por lo que ignorarlo no es opción para el partido mas grande del país, alrededor del cual se sostiene, precariamente, el sistema de partidos políticos en Costa Rica.

Ciertamente en la estrepitosa derrota electoral del 2014 confluyeron múltiples factores. Pero es innegable que el tema ético tuvo –y sigue teniendo-, una gran importancia. Si bien es cierto hubo cuestionamientos de fondo a las políticas ejecutadas en gobiernos liberacionistas, la crítica principal se centró en aspectos éticos del ejercicio del poder.


Mucho podría decirse del origen de estos cuestionamientos, magnificados por una oposición política ávida de presentar un panorama blanco y negro, groseramente simplificador de la realidad. Baste decir que el sainete que montara el actual gobierno, a los cien días de su gestión, pareció dejar claro la verdadera naturaleza y la falta de fundamento de estas acusaciones. Pero igual la gente situó el tema de la ética en el ejercicio de la función pública en el centro del debate político.

A esto debe responder el Partido Liberación Nacional. Se ha hablado mucho de renovación de liderazgos, de ideario, de militancia. Pero por alguna razón, el tema de la renovación ética ha sido minimizado de manera muy peligrosa. El PLN debe entender que las propuestas no serán de recibo para la ciudadanía, si esta percibe que en el ámbito ético el partido no acometió el proceso de transformación que el electorado le demandó en el 2014.

Hoy por hoy los costarricenses se enfrentan a un dilema particular. Después de haber cifrado su esperanza en la ambigua promesa del “cambio”, el país ha ponderado mejor el valor de la experiencia. Pero al contrario de lo que sucedía en el pasado, un mal gobierno (o uno inexistente como el actual), no significa un traslado automático de apoyos a la oposición. Los estándares han cambiado y la ciudadanía no está dispuesta a hacerse de la vista gorda en ciertos ámbitos.

Y si hay un partido que debería tener esto claro, es precisamente el PLN. Se puede hacer (y hay que hacerlo), un intenso esfuerzo de renovación programática, pero de nada servirá si los electores perciben que no se ha avanzado con igual decisión en el campo ético. No se trata nada mas de un propósito de enmienda, sino de actos concretos que reflejen la voluntad de escuchar a un pueblo temeroso de otorgarle otra oportunidad, pero cada vez mas convencido que siempre ha vivido mejor en sus gobiernos.

Y en este camino, lo primero es la consistencia. No se puede decir que se ha escuchado al pueblo, si se actúa de manera contradictoria. Ni mas ni menos eso es lo que se juega el PLN este dos de abril. Es la oportunidad para mandar una poderosa respuesta, o de proceder de espaldas al sentir popular.

Y no se trata de una reflexión hecha en el aire. Una y otra vez, las encuestas señalan un hecho incontestable: de cara a las elecciones nacionales, las alternativas para el liberacionismo tienen consecuencias claras y radicalmente diferentes. Es darse una oportunidad, con alguien como Antonio Alvarez Desanti, o iniciar un paulatino proceso de desvanecimiento político, con José María Figueres.


Mas allá de las consideraciones particulares, la percepción de la gente termina teniendo consecuencias concretas. Eso pasó en la elección del 2014. Puede argumentarse mucho sobre esa percepción, pero no se puede ignorar. Se trata de ser consistentes con ese propósito de renovación ética que exigió la gente. Este es el dilema que enfrenta el PLN, pero también el país, este 2 de abril.